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August 23, 2012
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Es todo humo y espejos.

La moneda desaparece, los pañuelos surgen de sus manos. Los niños que le observan extasiados piensan que es magia, pero no son más que trucos de prestidigitación. Una ilusión, un engaño fabricado con palabras dulces y dedos rápidos. Todo es un truco. Su espectáculo, su vida, su reino.

Sobre todo su reino.

Sí, el Imperio perfecto es el mayor truco de prestidigitación, la mayor broma jamás creada. Una ilusión fabricada con las palabras dulces de los sacerdotes, los dedos rápidos de un ejército que sofoca a cualquiera que difiera del pensamiento establecido, y la distracción que es el sacrificio de una mujer, la Diva. Un truco de magia que ha embotado la mente de todos los habitantes del reino, acallando las voces que denuncian la falsedad de su perfección. Pero él también es un prestidigitador, ¿no es así? Y alguien como él reconoce cuando está ante un truco de magia barato, o ante la obra de un artista. Y este es bueno. Lleva siglos funcionando, y la gente aún así no ha pillado la trampa. Hasta los sacerdotes creen en las palabras que pronuncian, creen en lo que su fe dice a pies juntillas. De haber alguien que sabe toda la verdad, ese debe ser el Patriarca, manejando los hilos desde el mismo palacio en la capital, y todos aquellos que le asisten.

Ah, sí, de eso último está totalmente seguro.

En el fondo, lo único que mantiene unida la ilusión es el miedo. Es el deber del Patriarca recordar a todos las consecuencias de salir del sistema establecido, de no realizar el sacrificio de la Diva. El miedo a un reino sumido en la ruina empuja a la gente a aceptar que una mujer sea arrancada de su hogar y llevada a una prisión durante el resto de sus días. El Patriarca debe saberlo, porque si no supiera al menos una parte de la verdad, tarde o temprano surgiría alguien que optaría por poner fin al sistema. Siempre hay alguien que piensa que la magia es solo ilusión, y que aunque no conozca el truco, busca desbaratarlo. Si este sigue hasta ahora, es porque no ha llegado nadie así a ese puesto de poder. El Patriarca es el prestidigitador que mantiene la ilusión, a cualquier precio.

¿No es curioso, se dice que el que se supone que ve menos es precisamente el menos ciego de todos? Es tan irónico que se ríe, ríe y ríe sin parar, porque si para tal vez se eche a llorar, y, ¿qué bien le hará eso a nadie? A él no, desde luego; nunca le hizo ningún bien. Es una lección que ha aprendido a la perfección. Muestra siempre una sonrisa, muéstrate como si todo te pareciera una gran broma. Humo y espejos. Prestidigitación. Todos desean ver oculta la verdad. Nadie quiere ver lo que oculta tras su máscara, los horrores que guarda, las cicatrices y quemaduras de la tortura. Nadie quiere ver los barrotes de su prisión, manchados con la sangre de los "herejes" que se cuestionan la bondad del sistema de la Diva.

Todos viven en su ilusorio mundo de perfección.

Ahora une una cuerda que estaba partida. Ahora hace desaparecer un nudo. Poco a poco sigue con su espectáculo de engaños. Siempre sonriendo, siempre alegre en apariencia, con su máscara sobre otra máscara. Los niños ríen, los adultos aplauden, nadie mira el truco que es obvio. Hoy recibirá muchas monedas. Mañana engañará a otro grupo dispuesto a ser engañado. Todos siguen perdidos en la ilusión de misterio, sonrisas y palabras.

¿Todos?

Ah, no, mira eso. Los dos ojos azules como los mares del sur que observan desde un lado de la gente reunida llaman su atención. Pertenecen a un chico, casi un niño, con los cabellos rubios como el trigo maduro y la piel besada por el sol. No es del pueblo, eso puede asegurarlo con certeza. Su expresión es reveladora y atrapa su mente. Lee en esos ojos, en ese rostro levemente aburrido, que ve a través de la ilusión. No ve el truco, pero sabe que es una farsa. Su presencia es fugaz, poniéndose en camino casi de inmediato. Pero el chico es ahora alguien que le interesa. Debe saber, se dice, si es capaz de ver a través de la ilusión completa. Acaba su espectáculo, recoge su dinero, y sigue los pasos del muchacho rubio.

No quiere darse a conocer todavía. Debe ser cauto, se dice. Ser una sombra. Es otra de las lecciones que aprendió a la fuerza. Ha sido una sombra durante mucho tiempo, y es casi como una segunda naturaleza para él. El chico no parece darse cuenta de que le vigilan, pero no va a echarle en cara eso. Es inexperto, no cree que se haya enfrentado nunca a una situación como esa, ¿y no era él mismo así antes? Despreocupado y seguro de sí mismo. Pero eso había sido antes de las cicatrices. Se pregunta si el chico acabará igual que él, y descubre que la idea no le gusta demasiado. Tal vez sea porque piensa que los únicos que se merecen ese tratamiento son aquellos que lo aplicaron, y aquellos que los dirigen. Y el chico le gusta. Tiene potencial.

Esa noche, el chico duerme en una posada barata, un edificio destartalado que no merece siquiera ser considerado como tal, y por la mañana, al mismo tiempo que el sol se alza en el horizonte, comienza a andar hacia el este. Hacia la capital. Y él le sigue, cada vez más interesado en sus actos.

La verdad, no le gusta demasiado viajar. Viajar da demasiado tiempo para uno mismo, y cuando uno dispone de ese tiempo, acaba dedicándolo a pensar o, aún peor, a recordar.

Sí, antes era como el chico. Tal vez más inocente, si se para a pensarlo, porque entonces de verdad creía en la mentira que era la leyenda de la Diva. Todos los años recogían abundantes cosechas, y daban gracias a la Diva y al Dragón por los tesoros que les otorgaba la tierra. Era una existencia sencilla que él hubiera deseado que durara toda la vida. Pero aquello había sido tan solo el sueño de un chiquillo, y no tardó demasiado en convertirse en una pesadilla.

La palabra es "hereje".

No sabe quién hizo la denuncia. Sí recuerda que había sido un año muy duro, golpeados por una extraña sequía que ponía en peligro a sus cultivos. Recuerda haber rezado mucho, ¿acaso habían puesto furioso al Dragón? Pero por mucho que rezara, el cielo seguía despejado. Y con el cielo despejado amaneció el día en que llegaron los soldados. Sacaron a muchos de sus casas, arrancándolos de sus camas, y entre ellos a su familia, incluido él. Hombres y mujeres, ancianos y niños, el grupo de aterrados aldeanos se agolpaban unos junto a otros, sin comprender lo que ocurría. El líder de los soldados ladró más que habló, enumerando las acusaciones de herejía que pesaban sobre ellos. Algunos intentaron defenderse, negarlo, pero fueron golpeados hasta que solo emitieron gemidos sin significado. Los hicieron viajar hasta la capital, un trayecto de varios días en que no hubo comida y apenas agua, y en el que muchos de sus vecinos, gente que conocía desde que tenía memoria, murieron. Sus cuerpos ni siquiera recibieron sepultura, fueron arrojados a un lado del camino y dejados a merced de los carroñeros. Los soldados reían y comentaban sobre lo apropiado que era ese final para unos herejes.

Había pensado que en la ciudad alguien les escucharía, se daría cuenta de error, pero no fue así. Fueron encarcelados, y poco después hubiera deseado haber muerto en el camino y ser pasto de los cuervos.

Le golpearon hasta romper los huesos, le flagelaron hasta que sobre su cuerpo hubo más sangre que piel, le quemaron hasta que las marcas no pudieran desaparecer jamás, exigiéndole una confesión que hubiera dado con gusto de no ser porque lo único que podía hacer era gritar de dolor. En aquellas celdas húmedas y frías, su familia fue muriendo, un miembro detrás de otro, ya fuera por las enfermedades, por las torturas, o por confesar hechos inenarrables que nunca habían realizado. Y él solo pudo seguir gritando de dolor.

En aquellas oscuras noches, las pocas veces que se mantenía consciente tras las largas sesiones de tortura, pensaba en la falsedad de lo que le habían enseñado. ¿Qué había de perfecto en esto? ¿Cómo podía el poder del Dragón consentir esta mácula en el reino ideal que se supone había creado? Él no había hecho nada de lo que decían, dicho nada de lo que aseguraban había dicho, pero a pesar de todo seguía recibiendo aquel castigo. Había llegado a la conclusión entonces de que lo que le habían dicho durante toda su vida era falso. Puede que el poder del Dragón asegurara el clima, y que la Diva impidiera que se volviera contra la gente, pero ninguno de ellos dictaba ningún destino. Ser fiel y agachar la cabeza solo servía para morir de forma ignominiosa a manos de los que de verdad controlaban el Imperio, allí en su alto palacio. Eran ellos, y no el Dragón o la Diva, los que habían llevado a los soldados a su pueblo y los que habían indicado que se les torturara hasta la muerte. Era irónico cómo los intentos de los soldados de encontrar actos herejes habían convertido en uno a alguien que no lo era. Pero la ironía era, por aquel entonces, muy poco consuelo.

Cuando por fin alguien se convenció de que él no había hecho nada de lo que le acusaban, su cuerpo era un espantoso mapa de cicatrices que nadie desearía mirar, y había perdido la visión de su ojo derecho. No le devolvieron a su hogar, ni se preocuparon por haber torturado a un inocente, y fue dejado libre en la gran y desconocida ciudad que era la capital, sin familia, desfigurado y lleno de rabia. Durante los primeros días solo andar ya le suponía un esfuerzo terrible, pero no había sobrevivido a los horrores de la tortura solo para morir en las calles. Viviría, sí, y algún día les haría pagar por el daño que le habían causado.

En las calles encontró a su maestro, un hombrecillo extraño al que le hizo gracia. De él aprendió sus trucos de prestidigitación, a moverse como una sombra para evitar a soldados y a tenderos furiosos, y a usar verdadera magia, una magia sutil pero efectiva nacida de la música. Gracias a él descubrió que podía usar su voz para que la gente prestara atención a lo que él quería, y la forma con la que ocultar o hacer ignorar a los demás los daños causados en su cuerpo durante su estancia en los calabozos del palacio. No era la vida que había soñado tener, tiempo atrás, pero era mejor que lo que le había esperado en las celdas. Y en la ciudad era aún más visible la verdad en la que había pensado todas aquellas largas noches: que la religión no la dictaban ni el Dragón ni la infortunada que hubiera sido elegida como Diva. Quien dictaba los destinos y permitía, incluso apoyaba, los métodos horribles que se habían usado con su familia y vecinos, eran los sacerdotes y el Patriarca. Ellos imponían la ilusión del "Imperio perfecto" mientras eliminaban a aquellos que no encajaban en su bonito mosaico.

Al principio había pensado en asesinar a la cabeza visible de aquella fe, en poner punto final a la vida del hombre que gobernaba sus vidas desde la sombra. Llegó incluso a conseguir información sobre los miembros del palacio, y como entrar en el mismo sin que nadie se diera cuenta. Y cuando supo todo lo que pensaba que debía saber para realizar su ataque, se dio cuenta de que podía llevar a cabo el golpe, pero después, ¿qué había? No le importaba demasiado si una vez cumplida la misión le capturaban y le mataban. Nada era peor que lo que ya había vivido. Pero al Patriarca le sustituiría otra persona, seguramente igual de manipuladora. No serviría de nada, no había nada que él pudiera hacer para que cambiara la situación. Y llevado por no sabía qué sentimiento o intención se marchó de la ciudad.

Podía suponer que quería huir. Nadie podría condenarlo por ello, ¿no era así?

Lo que más irónico le había resultado fue volver a su pueblo natal para descubrir que ya nadie vivía allí. La sequía les había expulsado al final, y casi quiso reírse ante lo único que de momento podía considerar como "justicia divina". Por un segundo había pensado en hacer arder las casas, purificar aquel lugar del odio arrastrado por los que habían vivido allí. Pero recordó los tiempos que había pasado en aquel lugar, feliz e ignorante, y decidió simplemente irse y no volver jamás.

Así, ha viajado a lo largo y ancho del Imperio para, al final acabar siguiendo a un chico extraño de vuelta a la capital. Directo a la boca del lobo, pobre iluso. Han llegado al caer la noche, por lo que todavía tiene tiempo para hablar con él antes de que los guardias de la ciudad lo capturen con cualquier excusa y lo torturen hasta su muerte. Ha llegado la hora de dejar de ser una sombra.

No está muy seguro de si la sorpresa es agradable o no cuando al acercarse al chico, este habla, el ceño fruncido.

-Así que eras tú el que me estaba siguiendo.

-¿Lo sabías? Realmente eres un cúmulo de sorpresas. ¿Te importa si charlamos un rato?

-¿Debería? No creo que deba fiarme de alguien que me ha espiado durante todo el camino.

-Y haces bien, yo tampoco me fío de mí mismo. Pero eso no quiere decir que no podamos hablar, ¿no es así?

-Supongo que no- concede el chico, no muy convencido todavía.

-¿Ves? Hablar es siempre algo bueno. Si la gente hablara más entre ellos, este mundo iría muchísimo mejor.

Cuenta con su sonrisa y su voz, que son dos buenas herramientas, para intentar averiguar algo del chico. Al menos así podrá saciar su curiosidad.

-De hecho- prosigue-, ya que no confías en mí, lo mejor es que me presente yo primero. Mi nombre es Kaito.

-Len- replica el chico tras una pausa.

-Un placer. Como creo que querrás una explicación a mis tendencias poco aconsejables, te diré que en realidad tu camino era tan bueno como cualquier otro, y debo añadir que eres la primera persona en años que desprecia mi actuación de esa manera.

-No son más que trucos de manos.

-Oh, lo son, lo son, no te lo niego, pero incluso la gente de la ciudad suele pensar que son algo real. Es una variación interesante, así que, ¿por qué no tener una charla?

-Podrías haberlo hecho antes, en el camino. Sería menos sospechoso.

-¿Y arriesgarme a acabar trinchado? Nah. Le tengo demasiado aprecio a mi pellejo, gracias.

-Pues no sé con qué iba yo a trincharte.

Una pausa.

-¿Vas sin armas?

-Sí.

-¿Ni siquiera un mísero cuchillo? ¿Un palo?

-No.

-¿Cómo demonios has sobrevivido hasta ahora?

El chico, Len, le mira como si le hubiera crecido una segunda cabeza. ¿Va en serio? Bien mirado, no tiene aspecto de víctima apetecible, con la ropa gastada, remendada y manchada, y los bandidos buscarían a alguien con más posibilidades de llevar dinero encima. Pero incluso así, viajar solo y desarmado es tentar a la suerte, por muy listo y hábil que sea. ¡Este chico está demasiado verde!

-No he tenido problema alguno, me he mantenido en la calzada real.

-Eso solo implica que tienes suerte, Len. Que es algo bueno si viajas sin compañía, pero que tarde o temprano se acaba.

-Se me acabó el día en que decidiste seguirme.

-¡Vamos, vamos! ¿Cómo puedes estar seguro de eso? Desde mi punto de vista, ha sido una suerte encontrarte conmigo y no con unos bandidos, u otra sorpresa más desagradable aún.

-¿Más que los bandidos?- la pregunta de Len tiene un tono sarcástico.

-Puedo decírtelo por experiencia propia, hay cosas mucho peores.

Len frente a él tuerce el gesto, tal vez porque hay algo en el tono de voz de Kaito que le dice que está hablando muy en serio, y que no es una verdad que quiera conocer. Kaito simplemente se recuesta en la silla, de nuevo con una sonrisa despreocupada curvando sus labios.

-Déjame adivinar, es la primera vez que sales de viaje, ¿verdad?

-¿Cómo…?

-Se nota a la legua. Si llevaras en el camino tanto como yo, llevarías como mínimo una daga encima. ¿Qué trae a alguien como tú a la capital, uhm?

Len aprieta los labios, lo cual indica de forma bastante clara que no tiene intención de contestarle. Está claro que no es un viaje de placer. En cuanto comprende que el chico no va a decir nada, sigue hablando.

-Bueno, no tienes por qué decírmelo. Está claro que es importante. ¿Puedo darte un consejo? ¿Sí? Hagas lo que hagas, asegúrate de saber quiénes son tus enemigos. Y mantente alejado de la guardia, si les das la más mínima excusa te encarcelarán y te dejarán allí hasta que te salga barba y te llegue a los tobillos.

De nuevo, Len le mira con sorpresa. Al parecer, ha vuelto a acertar de lleno con sus palabras. Lo que sea que vaya a hacer, probablemente le vaya a meter en problemas gordos.

-¿Es que acaso lo sabes todo?- pregunta el chico, irritado.

-Más bien suelo acertar con las predicciones- se ríe Kaito-. Sea lo que sea lo que vayas a hacer, los soldados son siempre un peligro. Basta con que sospechen y ya están encima de ti.

-¿Y lo sabes por experiencia propia?

-Sí. Fue un error bastante estúpido por su parte, ¿sabes? Hasta tuvieron que soltarme y todo.

-Creo que ese fue el error.

-¡Ja! Si aún estuviera allí no podría darte estos consejos, y seguro que acabábamos de compañeros en una celda.

-¿Por qué?

-¿Eh?

-¿Por qué tanto interés? Soy una persona que has visto de pasada, pero me has estado siguiendo todo el camino y ahora no haces más que darme esos consejos tuyos, como si fuera a convertirme en un criminal.

-Ya te lo he dicho, me pareciste interesante. ¿Tienes idea de lo difícil que es encontrar conversación inteligente?

-¿Solo eso?

-¿Cómo que solo? ¿No es suficiente razón?

-No.

-Ah, mira que eres difícil. Me llamaste la atención, pensé que podría hablar contigo, llegaste aquí y pensé que no ibas a durar ni dos días sin el consejo de alguien que ha vivido varios años aquí. No hay más.

Y se da cuenta de que así es, de que lo que dice es la verdad pura y simple. No ha habido una sola mentira, una sola ilusión, entre sus palabras. Quién lo iba a decir. Es una sensación extraña, ser franco con alguien, y se pregunta si esa es la habilidad natural del chico. Len duda unos momentos más, como si calculara qué debe decirle y cómo debe hacerlo. Cuando por fin habla, lo hace en una voz baja, como si quisiera que solo Kaito escuchara sus palabras.

-¿Sabes dónde está el Dragón?

No hace falta explicar mucho más para saber a qué se refiere.

-No. Eso es algo que solo conocen los eclesiásticos y funcionarios de alto rango, y algunos de los estudiosos que trabajan en el palacio. A parte del Patriarca y el Emperador, claro está. Esa es una pregunta extraña, la verdad, ¿tienes intención de hacer una peregrinación o algo así?

-No- la voz de Len se hace más baja aún si cabe, como si temiera que alguien espiara su conversación-. Quiero encontrar a la Diva.

Bien, eso sí que no se lo había esperado. ¿Encontrar a la chica que nunca iba a volver?

-Esa es una misión suicida donde las haya, muchacho. Bromearía sobre ello, pero con ese tipo de cosas no se juega.

-Lo sé. Lo sé. Pero debo hacerlo.

-Sé que no debería preguntar, pero, ¿por qué?

-Es mi hermana gemela.

Si hubiera estado bebiendo algo en ese momento, Kaito lo habría escupido de la impresión.

La actual Diva lleva en el puesto unos quince años, mes arriba mes abajo. La duración de una Diva no es algo fijo, algunas viven un puñado de años y otras permanecen en su puesto durante décadas, y la actual en concreto parece pertenecer a este segundo grupo. Y ahora se encuentra con un chaval que apenas ha alcanzado la adolescencia y que le dice que es el gemelo de la Diva. Eso viene a decir que cuando habían encerrado a la Diva actual, esta era todavía un bebé. La parte de él que recuerda los agravios sufridos bulle de ira. Ya es malo que se sacrifique a alguien para mantener esa absurda ilusión de perfeccionismo. Pero quitarle el futuro a alguien que no ha tenido tiempo de vivir la vida…

Es gracioso, le dice su parte racional, el hecho de que no le sorprende tanto como debería el que hayan actuado así, si es capaz de creer en Len. Porque está convencido de que, al igual que él antes, Len no ha mentido en ningún momento.

Y de pronto, una idea en su mente le hace sonreír. Este es, por fin, el momento en el que puede cumplir su venganza. Rompiendo la ilusión del mundo perfecto, despertando a la gente de su sopor, les hará descubrir los horrores cometidos por sus líderes. Las consecuencias de la búsqueda de Len, caso de que llegara a buen término, sacudirían las creencias que todos tienen de su Dragón y su Diva. Es perfecto, la oportunidad que nunca creyó que llegaría.

-Voy a ayudarte.

-¿Eh? ¿Por qué?

-Tengo mis razones. Y me caes bien. Puedo meternos en el palacio, pero no ahora. Tenemos que planear esto bien, porque una vez salgamos, no podemos quedarnos en la ciudad. Antes que meternos en el asalto, debemos hacernos con todos los víveres necesarios para un viaje largo. ¿Cómo vas de dinero?

Len parece un tanto dubitativo ante semejante explosión de energía. Sacude la cabeza, y Kaito supone que eso significa que no va muy bien.

-Entonces nos encargaremos de eso primero, y podemos aprovechar para conseguir algo de información de paso que estamos. Los espectáculos callejeros son muy populares por aquí, y si es bueno la gente es generosa y se suelta de la lengua. Así que…

Una nueva idea surge en su cerebro. Es el hermano gemelo de la Diva. No conoce a muchos, pero siempre ha oído que los gemelos suelen compartir no solo sus rasgos físicos, sino también muchas veces sus capacidades y talentos. Y si hay algo en lo que se supone que es buena una Diva…

-Dime, Len, ¿qué tal se te da cantar?
:iconyukohoon:
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Escrito para :iconsynchronicity-manga:

Como ya habíamos pasado el guión de la primera parte, pensé que sería bueno adelantar algo de trabajo. Y entonces me di cuenta de que no faltaba mucho para que Kaito apareciera. Kaito es probablemente el personaje menos desarrollado en las canciones, no se ve su motivación para unirse al grupo, ni mucho de sus personalidad. Por ello escribí este relato, a fin de tener una idea algo más clara.

Tened en cuenta que esta es mi visión particular, y probablemente no sea la oficial del doujinshi. Este tema supongo que se discutirá en breve, pero no creo que el resultado sea igual.
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:iconkradath:
Leído por fin. INTERESANTE. Y deja con ganas de más. Hay veces que me he encontrado algo liado (por ejemplo, hasta que mencionas que Len ronda la adolescencia me le había imaginado más niño), y hay un aparte que está como "a parte". No hay faltas gordas (ni esperaba encontrarlas, pero por si acaso), y espero una segunda parte. Que no significa que la ansíe hasta el punto de fustigarte con un látigo de siete colas si eso merma la calidad. Pero se espera segunda...
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:iconyukohoon:
Hombre, segunda parte, lo que se dice segunda... Esto es parte del proyecto del doujinshi y yo soy una de las escritoras, siempre puedes leerlo (aunque está en inglés)
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:iconkradath:
Requiero enlace lo más completo posible xD.
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:iconyukohoon:
¿Ves el iconito en los comentarios? Ahí tenemos todo lo hecho hasta la fecha. Por ahora el primer capítulo está en proceso y para finales de este mes deberían estar subidas las páginas.
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:iconkradath:
Estoy en ello, pero todavía no lo he terminado. No suelo tener demasiado tiempo estos días.
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:iconyukohoon:
Con calma, con calma. Mejor así, así estaré preparada para recibir los hachazos XD
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:iconkradath:
Recuerda que mi sistema es distinto: yo tiro dagas en vez de hachas xD.
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:iconyukohoon:
Duelen y sangras mucho cuanto te las tiran, ¿verdad? Creo que la única diferencia es sobre si es daño localizado o daño generalizado XD
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:iconkradath:
Con cantidad suficiente, todo daño puede ser generalizado.
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